Tras las peores inundaciones que recuerdan los habitantes de Poza Rica, miles comenzaron a remover escombros y contar pérdidas sin apoyo oficial. La Guardia Nacional y la Marina brillaron por su ausencia en las horas críticas. El desbordamiento del río Cazones dejó autos volteados, casas impregnadas de chapopote y colonias enteras sin luz. La gobernadora Rocío Nahle minimizó el desastre, mientras vecinos enfrentan el lodo con enojo y resignación.

En la colonia 27 de Septiembre, Urbano Martínez relata cómo el agua alcanzó el techo del segundo piso en minutos. Su hermana Claudia llora al ver sus bordados arruinados, mientras Gerardo, sentado frente a su casa destruida, celebra haber salvado a sus tres perros. La desconfianza en cifras oficiales sobre muertos y desaparecidos crece, y muchos improvisan desayunos entre ruinas. El aceite negro y el olor a petróleo impregnan las calles. En Los Laureles, vecinos exigen planes de contingencia que nunca llegaron. La naturalización del riesgo y la indiferencia oficial se mezclan con la rabia y la tristeza de quienes lo perdieron todo.